Este sábado 26 se cumplen dos años del fatal accidente en moto que conmocionó a toda la sociedad y que le costó la vida Braian Toledo, a sus 26 años. Además de su legado profesional, el atleta también dejó un notable ejemplo de superación y de solidaridad. En un ciclo de entrevistas titulado «padres e hijos», el deportista habló oportunamente del vínculo con su mamá, Rosa, en el Barrio Martín Fierro, en Marcos Paz.
En el contexto en el que creció junto a su madre y sus dos hermanos, Braian contó alguna vez: «Una vez encontré a mi mamá llorando en casa, era de noche, le pregunté qué le pasaba y me respondió que no tenía nada para darnos de comer a mí y a mi hermana. La abracé y le dije que no importaba, que lo mejor de todos es que estábamos los tres juntos».
El pequeño tenía facilidad para dibujar y ganaba dinero haciendo las tareas de colegio de sus compañeros, así ayudaba a su madre.
Con el tiempo, Toledo se potenció en el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), y se desarrolló en el lanzamiento de la jabalina. De esa manera, construyó su gloriosa historia, pero nunca dejó su humildad y su relación con el lugar donde creció, a la vez que siguió manteniendo una fuerte unión con Rosa, como lo expresó reiterada veces.
El día que su madre le dio toda la plata que tenía para que Braian vaya a competir
«Un día le dije a mamá que iba a competir a Capital. Y ella (Rosa) me pone una cara mala, como si le estuviera dando una mala noticia. Ella me dice «no tenemos plata, solo dos pesos». Cuando bajo al Cenard hacía mucho frío y cuando metí las manos en los bolsillos encuentro el billete de dos pesos que me lo había puesto mi mamá».
Le exigencia
«La mejor escuela que tuve fue mi vieja y la presión que me metió siempre. Esa exigencia me ayudó. En séptimo grado me saqué un 9 y yo me largué a llorar porque sabía que mi vieja siempre aspiraba a un 10. Pero con el tiempo entendí que esa presión me sirvió para lo que hago hoy en día. Hoy entro a un estadio olímpico con 90.000 personas mirándome y no escucho a ninguno».
El esfuerzo para enorgullecerla
«A mi vieja le preocupaba que yo estudie. En un momento me hubiese gustado de ella que me diga un «te quiero, una caricia, un te amo». Yo quería sacarme diez en la escuela para que ella se sienta orgullosa de mi. Mi mamá se iba a las 6 de la mañana a limpiar pisos y volvía a las diez de la noche. Lo hacía por dos mangos. Llueva, truena, lo hacía igual por traernos el pan».
La noches sin comer
«Mi mamá era muy escasa en todo sentido. Mi vieja pasaba noches sin comer para que comamos mi hermana y yo. Y yo me acuerdo de eso. Ella solo tomaba mate y vivía para nosotros. Su objetivo era que nosotros vivamos bien».
Recuerdos
«El primer recuerdo de mi mamá era cuando tenía la panza grande con mi hermana y ya estaba sola, mi viejo ya se había ido. Yo me abrazaba a la panza de mi hermana con ella».
Las enseñanzas
«Rosa me enseñó todo a su manera. Me enseñó a hervir arroz y a cocinar salchichas. A los cuatro años ya sentía una responsabilidad. Era un montón a esa edad».
Fernando Gigena

